La buhardilla, las reliquias y las ratas
Manuel era un tipo simpático, regordete, gafas gruesas, siempre con mirada ausente, aunque estuviera dedicado a su trabajo. Vestía siempre como si se hubiera ido poniendo lo que encontraba saliendo de su casa, por lo que su aspecto habitualmente sorprendía. Aunque eficiente, tenía cosas raras, sus dichos uno no sabía si eran en serio o una broma y además hacía comentarios que aparentaban ser un delirio. Por eso aquel día que me dijo: desde el cielorraso me mira una rata, no lo tomé en serio. Pero casi todos los días repetía ese comentario, una o más veces. La respuesta que le daba, incrédulo eran: otra vez tomaste fernet ¿ o, te sentís bien ¿. Era para mí inaceptable lo que decía, era otro comentario delirante o jocoso. Un día pasaba yo por el pasillo que comunicaba con su oficina a través de una amplia puerta, y en voz muy baja me dijo: “Eduardo acércate despacio y mira hacia el techo”. Dirigí la mirada hacia el lugar indicado, y veo un agujero, y asomando por él la cabeza de una enorme rata que fijaba sus ojos en Manuel. Era cierto ¡. No entendí que ocurría. En mi itinerario no pensé en otra cosa. Llamé a la oficina de mantenimiento, hablé con Cacho- el jefe de esa área- y le pregunté que había sobre la oficina en cuestión. Cacho me dijo: pero no lo sabías ¿ un espacio grande y sobre él está el techo de esa ala del edificio. Bueno. No está vacío, hay cosas viejas, no sé más. Volví a ese piso ya que de inmediato recordé que en una de las habitaciones se veía en el techo un especie de puerta para acceder a ese lugar. Con una escalera subí y encontré un espacio muy amplio, de unos treinta metros de longitud, con estantes de madera y muchos libros, cajas de madera en el piso, llenas de papeles amarillentos por el paso del tiempo e infinidad de carpetas. Polvo y telarañas por todos lados. De pronto la puerta se cierra. Comienzo a mirar los libros. Algunos me impactaron por su antigüedad: finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte. Recuerdo muchos que se referían a la primera guerra mundial, todos escritos en italiano. Obras técnicas, literatura. El silencio era tal que resultaba deprimente. Pequeños ruidos: miré hacia atrás y una rata me observaba a pocos metros de distancia, fijamente. Empecé a moverme con más cuidado para no espantarla. Y comencé a angustiarme, pensando que nadie sabía que yo estaba allí, y que a lo mejor no podía abrir la puerta o bien alguien que pasó por la oficina desocupada pudo haber retirado la escalera. Temor infantil el mío, pero el entenderlo así no lo disminuía. Detrás de los vetustos anaqueles se oían ruidos, con un palo hice caer algunos libros y me dediqué a observar, en total silencio y con el corazón latiendo a toda prisa. Al cabo de un rato ví pasar ratas, corriendo en ambos sentidos. Era momento de irme. Pero me detuve, tentado por escapar de allí llevándome algún libro. Elijo un par. Pero vuelvo a dejarlos en el estante, pensando que esas reliquias no me pertenecían. No eran mías, sino de la institución. Cubierto de sudor fuí con apuro a la puerta y la pude abrir. Miré antes de salir del interior de ese antro que guardaba, lo que para mí era cosas de mucho valor. Y la rata estaba mirándome, pensé que se sentía dueña del lugar y que a lo mejor era la jefa de todos esos roedores, también que me expulsaba y que debía ser la misma que controlaba a Manuel desde lo alto. Por suerte la escalera estaba allí y descendí con toda la velocidad que mi cuerpo me permitió. Fuí presuroso a un baño, me lavé las manos, la cara. Si hubiera podido bañarme y cambiar toda mi ropa, lo hubiera hecho. Me aislé un rato hasta serenarme. Intenté retomar mi tarea, pero tuve la necesidad de ir a informar a las autoridades de mi descubrimiento, y así lo hice.
Pasaron meses, y al recordar esa buhardilla sentí una mezcla de curiosidad por volver a contactarme con esas reliquias, mezclado con respeto y temor a las guardianas, las ratas. Los encuentros diarios con Manuel siempre agradables. Intercambiábamos bromas y él solía hacer comentarios desconcertantes.Un día me encontré con hombres que en la planta baja,cargaban gran cantidad de objetos y los llevaban hacia un camión. Me acerqué y asombrado ví que se estaban llevando las maravillas que yo había descubierto aquel día. Que van a hace con todo esto – la institución nos lo ha vendido como papel.-me responden. Rabia, rabia es lo que sentí. Fui a conversar con Manuel.
-Manu pasó algo terrible, se llevaron todo lo que había en el entretecho…
– No jodas, quien se va a llevar esos papeluchos. Y para qué?
-No jodas vos, son documentos históricos, información sobre el primer medio siglo de esta institución, tantas cosas valiosas…
– Hablando en serio, estoy de acuerdo contigo. Pero seguramente los llevaron a la biblioteca .
-No. Se los llevaron para usar como papel viejo.
Y las ratas quedaron para nosotros
Este escrito, con aporte de mi imaginación, ocurrió hace muchos años en un hospital de la ciudad de Buenos Aires
Eduardo dos Ramos Farías
Manuel era un tipo simpático, regordete, gafas gruesas, siempre con mirada ausente, aunque estuviera dedicado a su trabajo. Vestía siempre como si se hubiera ido poniendo lo que encontraba saliendo de su casa, por lo que su aspecto habitualmente sorprendía. Aunque eficiente, tenía cosas raras, sus dichos uno no sabía si eran en serio o una broma y además hacía comentarios que aparentaban ser un delirio. Por eso aquel día que me dijo: desde el cielorraso me mira una rata, no lo tomé en serio. Pero casi todos los días repetía ese comentario, una o más veces. La respuesta que le daba, incrédulo eran: otra vez tomaste fernet ¿ o, te sentís bien ¿. Era para mí inaceptable lo que decía, era otro comentario delirante o jocoso. Un día pasaba yo por el pasillo que comunicaba con su oficina a través de una amplia puerta, y en voz muy baja me dijo: “Eduardo acércate despacio y mira hacia el techo”. Dirigí la mirada hacia el lugar indicado, y veo un agujero, y asomando por él la cabeza de una enorme rata que fijaba sus ojos en Manuel. Era cierto ¡. No entendí que ocurría. En mi itinerario no pensé en otra cosa. Llamé a la oficina de mantenimiento, hablé con Cacho- el jefe de esa área- y le pregunté que había sobre la oficina en cuestión. Cacho me dijo: pero no lo sabías ¿ un espacio grande y sobre él está el techo de esa ala del edificio. Bueno. No está vacío, hay cosas viejas, no sé más. Volví a ese piso ya que de inmediato recordé que en una de las habitaciones se veía en el techo un especie de puerta para acceder a ese lugar. Con una escalera subí y encontré un espacio muy amplio, de unos treinta metros de longitud, con estantes de madera y muchos libros, cajas de madera en el piso, llenas de papeles amarillentos por el paso del tiempo e infinidad de carpetas. Polvo y telarañas por todos lados. De pronto la puerta se cierra. Comienzo a mirar los libros. Algunos me impactaron por su antigüedad: finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte. Recuerdo muchos que se referían a la primera guerra mundial, todos escritos en italiano. Obras técnicas, literatura. El silencio era tal que resultaba deprimente. Pequeños ruidos: miré hacia atrás y una rata me observaba a pocos metros de distancia, fijamente. Empecé a moverme con más cuidado para no espantarla. Y comencé a angustiarme, pensando que nadie sabía que yo estaba allí, y que a lo mejor no podía abrir la puerta o bien alguien que pasó por la oficina desocupada pudo haber retirado la escalera. Temor infantil el mío, pero el entenderlo así no lo disminuía. Detrás de los vetustos anaqueles se oían ruidos, con un palo hice caer algunos libros y me dediqué a observar, en total silencio y con el corazón latiendo a toda prisa. Al cabo de un rato ví pasar ratas, corriendo en ambos sentidos. Era momento de irme. Pero me detuve, tentado por escapar de allí llevándome algún libro. Elijo un par. Pero vuelvo a dejarlos en el estante, pensando que esas reliquias no me pertenecían. No eran mías, sino de la institución. Cubierto de sudor fuí con apuro a la puerta y la pude abrir. Miré antes de salir del interior de ese antro que guardaba, lo que para mí era cosas de mucho valor. Y la rata estaba mirándome, pensé que se sentía dueña del lugar y que a lo mejor era la jefa de todos esos roedores, también que me expulsaba y que debía ser la misma que controlaba a Manuel desde lo alto. Por suerte la escalera estaba allí y descendí con toda la velocidad que mi cuerpo me permitió. Fuí presuroso a un baño, me lavé las manos, la cara. Si hubiera podido bañarme y cambiar toda mi ropa, lo hubiera hecho. Me aislé un rato hasta serenarme. Intenté retomar mi tarea, pero tuve la necesidad de ir a informar a las autoridades de mi descubrimiento, y así lo hice.
Pasaron meses, y al recordar esa buhardilla sentí una mezcla de curiosidad por volver a contactarme con esas reliquias, mezclado con respeto y temor a las guardianas, las ratas. Los encuentros diarios con Manuel siempre agradables. Intercambiábamos bromas y él solía hacer comentarios desconcertantes.Un día me encontré con hombres que en la planta baja,cargaban gran cantidad de objetos y los llevaban hacia un camión. Me acerqué y asombrado ví que se estaban llevando las maravillas que yo había descubierto aquel día. Que van a hace con todo esto – la institución nos lo ha vendido como papel.-me responden. Rabia, rabia es lo que sentí. Fui a conversar con Manuel.
-Manu pasó algo terrible, se llevaron todo lo que había en el entretecho…
– No jodas, quien se va a llevar esos papeluchos. Y para qué?
-No jodas vos, son documentos históricos, información sobre el primer medio siglo de esta institución, tantas cosas valiosas…
– Hablando en serio, estoy de acuerdo contigo. Pero seguramente los llevaron a la biblioteca .
-No. Se los llevaron para usar como papel viejo.
Y las ratas quedaron para nosotros
Este escrito, con aporte de mi imaginación, ocurrió hace muchos años en un hospital de la ciudad de Buenos Aires
Eduardo dos Ramos Farías



Las fotos.
Foto de una porción del glaciar perito Moreno, en santa Cruz
Cría de carpincho, en la provincia de Corrientes
Simpático cartel, ciudad de Buenos Aires
