TERAPIA INTENSIVA

Inicios de esa especialidad en la década de 1960. Hospital Italano de Buenos Aires

Aquí transcribo uno de los capítulos del libro Dar Vida

CREACION DE TERAPIA INTENSIVA

Las unidades de terapia intensiva son ámbitos en los que se nuclean pacientes graves. Están dotados de equipamientos especiales para sostener la vida y personal capacitado para atender situaciones complejas. En la década de 1960 ya existía en nuestro país una excelente unidad de terapia intensiva para enfermedades pulmonares. Era el Centro de Asistencia Respiratoria María Ferrer. Pero se ocupaba sólo de enfermedades respiratorias. No había ninguna unidad de cuidados intensivos polivalente en nuestro medio. La diferencia entre cuidados y terapia intensivos está dada por la complejidad del equipamiento.

En el servicio de Medicina C del hospital dos médicos eran nuestros referentes: Hernán Herrero y José Petrolito. A continuación, relataremos como se gestó la unidad de terapia intensiva en nuestra institución.

La idea surgió en uno de mis compañeros de residencia, Manuel Noguera. Era una persona inteligente, con excelente formación profesional, observador, parco, buen compañero. Anticipó futuros conflictos del grupo al que pertenecíamos. Manuel tenía una personalidad especial. Pensaba que debíamos trabajar sólo si estábamos inspirados y deseosos de hacerlo. El defendía la idea de que, si alguien faltaba, el resto del grupo debía reemplazarlo espontáneamente. Sus ausencias sin aviso eran frecuentes. Varias veces fui a su casa a tratar de convencerlo de concurrir al hospital.

No pude saber en aquel momento de mi vida que este era un rasgo psicológico inentendible para mí. Manuel no podía ir, seguramente estaba deprimido. Tampoco yo era capaz de entender ni imaginar si mi empeño podía ser algo neurótico: seguir adelante con la residencia que iniciamos en 1964.Lo hicimos con muchas carencias y sólo recibíamos el agradecimiento de pacientes y profesionales que solicitaban nuestra colaboración.

La personalidad de mi compañero dificultaba el trabajo en equipo y quitaba previsibilidad a la inevitable tarea cotidiana. Pero cuando estaba, y esto era lo más frecuente, trabajaba y colaboraba incansablemente. Y aportaba creatividad. Éramos un grupo de médicos reducido, con guardias de veinticuatro horas cada pocos días y sin salario. La tarea fue mayor cuando una de sus buenas ideas se concretó, la Unidad de Cuidados Intensivos, que años después se convertiría en Unidad de Terapia Intensiva.

Entonces la ausencia de cualquiera de nosotros hacía peligrar la continuidad de un proyecto que se apoyaba sólo en los hombros de un pequeño y esforzado grupo. El premio era esa rara pero profunda satisfacción del deber cumplido. Y a la Institución se le dio prestigio por esa originalidad que resultaba tan llamativa.

Todo comenzó cuando-estando nuestros referentes de viaje por USA- Manuel me propone crear la unidad de cuidados intensivos. Yo no tenía claro en qué consistía esa disciplina médica. Me facilitó bibliografía sobre este desarrollo que llevaba pocos años de existencia en países del primer mundo.

Decidimos concretar el proyecto. Sin más recursos   que nuestro entusiasmo y capacidad de trabajo. Ni pensamos que las autoridades del hospital tomaran nota de lo que estaba por ocurrir. El ambiente era muy permisivo.

La idea era comenzar por un lugar donde se atendieran pacientes graves. Inicialmente contamos con cuatro camas. Después fueron ocho. Utilizamos un área desocupada que había en nuestro piso. Y lo hicimos.

Nuestra relación con el área de mantenimiento era muy buenaY los ya veteranos trabajadores del sector emprendieron la obra, confiando en nosotros. Muchos próximos a jubilarse, nosotros un par de médicos de menos de 30 años. En aquellos tiempos los docentes y los profesionales de la salud eran muy respetados socialmente, seguramente eso facilitó la colaboración que logramos. Y otro aspecto era que pertenecíamos a la clase trabajadora.

Me permito aquí hacer un paréntesis en el relato del inicio de Cuidados Intensivos. No teníamos lugar de descanso, ni cama por si eventualmente podíamos dormir un rato. Aprovechando que el pasillo de esa área terminaba contra un muro con una pequeña ventana y un baño a uno de sus lados, pedimos que se hiciera una pared. Se logró así un pequeño dormitorio, con dos pequeñas camas superpuestas, y una escalera de pocos peldaños para acceder a la superior. Imagino que los pocos gastos que demandó la obra edilicia no figuraron en ningún balance económico del hospital. Ese y otros aspectos del permisivo contexto posibilitaron que nuestro sueño se cumpliera.

Primero, demolición de una pared entre dos habitaciones, para hacer un área amplia. Luego adecuación de revestimientos y demás. Nuestro equipamiento consistía en camas con ruedas, que sobre el colchón tenían una tabla para poder hacer masaje cardíaco evitando poner al paciente en el piso, como se acostumbraba. Alambres de pared a pared para colgar los sueros con soluciones a infundir. Tensiómetros fijados a esas paredes.

Era tan poco como novedoso. Brindábamos lo que podíamos: nuestra presencia las veinticuatro horas. Venían muchos colegas a conocerlo. Los médicos de la institución tardaron en entender qué era eso y no era raro que enviaran moribundos y alguna que otra vez nos llegaba algún cadáver. Cuando ocurría esto, nos acercábamos al sector de origen de la persona derivada para informar del error y explicar en qué consistía nuestro emprendimiento. Podíamos ocuparnos de enfermos graves, no resucitar fallecidos.

En cierta ocasión nos llamó la atención que, en la sala de espera, además de la presencia de familiares esperando novedades de los allí internados, se repetía la presencia de un señor muy bien vestido. Era el personaje estable en ese lugar. Cierto día le pregunto por qué permanecía allí. Era empleado de una empresa de servicios fúnebres, algo así como un carancho devenido en ser humano. Me ofreció beneficios económicos si le anticipaba información. La respuesta mía no fue nada amable, y precisamente por esa violencia que explicité dejó de venir, pasando por una etapa en que merodeaba zonas próximas a la sala de espera. Hasta que logramos no verlo más.

Nos preocupaba que ocurriría al regreso de nuestros jefes de su viaje. Y un buen día estuvieron entre nosotros. Muy enojados, me recriminaron duramente. Les molestaba que no les hubiéramos pedido consentimiento. Sabíamos que, de haberlo hecho, no hubieran aprobado el emprendimiento. En plena andanada de reproches, la inspiración vino en mi ayuda. Les hice ver que lo que habíamos creado iba a ser dirigido por ellos. A partir de allí el diálogo se estableció y terminó el conflicto. Transcurría el año 1965.

Comenzaron a llover visitas de otros centros asistenciales para conocer la unidad. Ya describí con que elementos contábamos. Pero no mencioné que el primer laboratorio bioquímico de urgencias comenzó a funcionar adjunto al sector. Allí se hacían unas pocas determinaciones. Dosajes de sodio y potasio en sangre y también estudiar el estado ácido base de la sangre, que, dicho en forma elemental, consiste en determinar la acidez de la sangre. Para ello contábamos con un equipo Astrup, aportado por Dinamarca. Lo habían donado al jefe de laboratorio, Miguel Guerissoli.  Durante la mañana había un técnico del laboratorio central, el resto del día, las extracciones de sangre y los análisis los hacíamos los residentes.

El equipamiento de la unidad fue aumentando lentamente, por donaciones que recibíamos, lo que hizo que se transformara gradualmente en terapia intensiva. Los respiradores Bird, a presión positiva, fueron uno de los primeros aportes. Estos equipos insuflaban aire enriquecido con oxígeno en los pulmones, pero al registrar un aumento determinado de la presión en el circuito, el proceso se detenía. Y esto podía ocurrir porque el tórax era rígido, por obstrucción de las vías aéreas u otros problemas mecánicos.

Entonces los pulmones no se llenaban adecuadamente, y el ciclo se interrumpía lo que hacía poco eficiente a este respirador. Generalmente era necesario mantener al paciente en coma inducido por fármacos y solucionar problemas con la vía aérea.

Es decir que para que esta respiración artificial cumpliera su objetivo, teníamos que prolongar una situación de estado de coma inducido, tratar el espasmo bronquial, así como aspirar las secreciones bronquiales con frecuencia. Como es de imaginar la sobrevida era más baja si el uso del respirador era prolongado. Años después llegó un equipo más complejo y eficiente.

Las enfermeras y enfermeros de internación no tenían interés en trabajar con nosotros en algo tan demandante, percibiendo el mismo dinero que con tareas más tranquilas. Esto hizo que tardáramos años en contar con el personal adecuado. Hubo un período en que una monja-graduada de enfermera- estuvo a cargo como supervisora del área. Sus ideas de disciplina eran algo rígidas y renunció en meses.

Luego de unos años -aproximadamente en 1969- ya tenía la unidad un plantel reducido de enfermeras jóvenes y entusiastas. La voluntad de todos se conjugó para buscar personas capaces dentro de la institución. Se logró que sus turnos fueran de 12 horas, para disminuir la rotación del personal y mejorar la continuidad asistencial. Había encargada de turno, no jefa de enfermería. En esa etapa   el ambiente de cordialidad era inmenso, el compañerismo de todo el equipo de trabajo resultaba gratificante. Pocos años después Manuel asumió la jefatura de Terapia Intensiva del Hospital Ferroviario Central, que ya no existe.

La relación de Hernán Herrero y José Petrolito con los médicos era compleja. Había aspectos buenos como el matiz de camaradería y su capacidad médica para asesorarnos ante nuestros requerimientos. Sus relaciones personales e influencias permitieron un equipamiento razonable. La divulgación de los procedimientos utilizados en los síndromes más frecuentes que se atendían en la unidad, fué a través de cursos de postgrado. Era habitual que fuéramos invitados a dar conferencias o dictar cursos.

En algún momento mi capacidad para seguir con actividad tan intensa como traumática me superó física y psicológicamente y pedí mi sustitución de la responsabilidad que ejercía. Nuestros referentes se hicieron cargo con más presencia y pasaron por la unidad otros colegas. Pero fué con la incorporación de Miguel Butera, Mario Perman y Antonio Gallesio que lo que ya era una Unidad de Terapia Intensiva logró un sostenido crecimiento en calidad que se mantuvo en el tiempo. Esto ocurrió en 1973. Tengo entendido que en el libro sobre la historia de la terapia intensiva en Argentina se da a esta etapa como el inicio de esa actividad en el Hospital. Fuimos ignorados.

En el contexto social actual puede llamar la atención el nivel de romanticismo que nos llevó a concretar el proyecto En aquel entonces todo era muy distinto y el mayor bienestar social permitía que un hospital de envergadura se mantuviera a pesar de una administración endeble y carencia de objetivos comunes. Ese ámbito era más permisivo.

En lo personal recuerdo con satisfacción esa etapa de mi vida y rememoro situaciones que nutren mi presente, reviviendo buenos momentos, especialmente aquellas que permitieron resolver problemas y prolongar la vida de muchas personas. Hace un par de años me contacté con una de las enfermeras que integraron un buen equipo asistencial con los médicos. Ahora es médica neuróloga y dirige una obra social en la provincia de Entre Ríos. Recuerda aquella etapa con mucha satisfacción por el compañerismo

Eduardo dos Ramos Farias

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