Relato de algo vivido
Se me hizo corta la distancia desde la parada del colectivo hasta mi casa. La transité sin marcha esforzada, con andar ligero. No recordaba haber visto las manzanas previas de baldío que parecían corresponder a otro territorio, aunque formaban parte del trayecto. De pronto estaba allí: puertas y ventana de color gris claro, rejas negras, y el fondo de granito ocre. Al entrar mi hola pronunciado como un grito en un valle sin eco, tuvo como respuesta la aparición del perro que me recibió con alegría, como era habitual. Bobby perdía esa paz frente a gatos, otros perros o si jugábamos con él. Situaciones muy distintas por cierto. Espíritu asesino o alegría y habilidad. Decidí pasar hacia la parte trasera y dejarme llevar por la necesidad de quietud que me había invadido. No era cansancio, sino necesidad de arroparme en emociones y no tenía que encarar tareas ni preocupaciones
Acostado sobre el piso del patio, mi mirada recorría el cielo, las baldosas grises de granito con pecas negras, el pequeño muro de color blanco que separaba la casa del jardín y la huerta, la bomba que proveía de agua… Me inundaba ese universo. Era como una simbiosis entre mi persona y el todo, invadido por paz que nunca había sentido tan plenamente antes y que no sé si volví a experimentar. Feliz. No sé cuantas horas habré estado en esa situación, quizá dos o tres, pero cuando la viví, no había tiempo. No sentí deseos de compartirlo con nadie, no pensaba.
En algún momento me di cuenta que iba a iniciar un nuevo camino que era abierto como el cielo de ese mediodía de verano. De pronto apareció nuevamente nuestro perro: hermoso, enorme, con el pelo largo, marrón claro, brillante; hocico grueso y negro. Me miró, me olisqueó y se acostó al lado mío. Lo acaricié mientras no perdía en lo más mínimo ese bienestar profundo que me hacía sentir parte importante del mundo. De pronto Bobby, seguramente sentía calor, me dio unos lengüetazos y se acostó cerca de mí, pero a la sombra.
Tuve la idea de que esa situación de libertad se había instalado en mí de tal forma que iba a ser permanente
En algún momento apareció mi madre.
-Eduardo, estás bien ¿
-Sí mama, espléndido
-Y que hacés tirado en el piso, estás cansado ¿
-Nunca me sentí mejor mamá. Hoy, rendí mi último examen y me gradué.
-Alguna vez dudaste que lo ibas a lograr ¿ Tu padre y yo nunca dudamos.
-Mamá, siempre me acompañó la incertidumbre. Ahora estoy muy feliz. No más exámenes ni noches en vela leyendo, no más dudas sobre el final de mis estudios. Mi madre sonrió y volvió a continuar con lo suyo.
Gradualmente fui saliendo de ese estado. Fui a darle un beso a mi vieja, no recuerdo si le dije algo.
Me quedé en casa. Pasaron las horas y a la noche llegó mi padre, Manuel.
-Eduardo, cómo te fue hoy ¿
-Bien me recibí
Mi viejo esbozó una sonrisa.
Sentados en la mesa rectangular, cubierta de hule y encima un mantel. Las servilletas eran de tela. A mi vieja no le gustaban las de papel, hasta el final de sus días había en su casa una variedad amplia, que en general había bordado ella. Amarilleaba el comedor una lámpara, las paredes despojadas, nos contenían y eran testigos de lo que allí se vivía. Con el pasar de los años aparecieron como por encanto – el encanto de trabajar- fotos en las paredes, alguna lámina. Y también una bonita araña. Y muchas otras cosas. Como solía ocurrir fue un encuentro tranquilo dominado por el relato que hacía mi padre de las vivencias del día. Matizaba mi vieja con algún comentario sobre novedades del vecindario. Pero había sonrisas espontáneas en cada uno de los otros, como si alguien nos acompañara en silencio interrumpiéndolo sólo para susurrarnos un ocasional comentario jocoso. En algún momento se miraron y dijeron: tenemos un hijo doctor. En algún momento como una imagen congelada sonreímos y nos miramos. Era un logro


