Estaciones y Reflexiones. Aporte de Marta Kollar

Otoño

¡Qué tristeza se apodera de mi alma en los días grises del otoño! No sé por qué. Pero pareciera que ella quisiera en esa estación, ser hermana del cielo gris y de las hojas secas; no hay nada en mí que pueda entristecerme; pero tal vez, al ver a los pájaros dormidos y a los árboles desnudos, mi alma sensible se contagia de ellos, y vuela como las hojas llevadas por el viento, hacia un laberinto de melancolía, del que no podrá salir hasta que lleguen otros días, en los cuales el cielo despeje las nubes y sí pueda ver su celeste color; esos días en que los pájaros despiertan alegres y una suave y tibia brisa, hace desprender una flor de nuestro jacarandá.

Nevada en la noche

¡Qué hermoso es observar cómo la nieve cubre la llanura, cayendo lentamente del cielo! En la oscuridad de la noche sin estrellas, sólo un vago resplandor hace sospechar la blancura, que todo lo va cubriendo. Amanece;… y lentamente va apareciendo en el gris de la montaña helada, el contorno del paisaje. Se va destacando el camino, bordeado de pinos que miran al cielo. No se percibe el cantar de los pájaros, ahora ausentes; nada se mueve, todo está quieto; y el camino cubierto de nieve, parece ungido de blanca tristeza.

La noche vuelve a su silencio

Baja el sol, nace la noche; después del crepúsculo, comienza la algarabía de los nocturnos habitantes de la selva. El sapo croa su canto en tono grave; la rana lo acompaña en tono más agudo; se destaca el sonido que produce un grillo oculto entre los pastos, mientras una bandada de patos pasa volando y se percibe su rápido aleteo, y algún que otro silbido parte de la altura. Luego se oye el viento, que cada vez ulula más fuerte entre las ramas; hasta que apaga los otros sonidos, el trueno. Comienza la tormenta, llueve con fuerza. Lentamente, vuelve la calma; pasa la tormenta y sólo llueve suavemente. Todos los ruidos se han apagado… Escondidos entre las ramas, los habitantes de la selva, en silencio ahora, se protegen del agua que cae suavemente, en la noche que valoró al silencio.

Primavera

  ¡Qué inmensa felicidad y qué dulzura invade mi alma! ¡La Primavera se ha venido, y nadie sabe cómo ha sido! Nadie sabe cómo, las flores comienzan a abrir sus corolas, y sus brillantes colores atraen a las laboriosas abejas; nadie sabe cómo los alegres picaflores van de una flor a otra del jacarandá; y todos los pájaros invaden el aire tibio y perfumado de una suave melodía; ¿nadie sabe? Sí; Dios lo sabe; Él es quien nos regala este maravilloso paisaje; y en las noches serenas nos invita a escuchar el canto de los grillos; o a observar una luciérnaga que pasa distraída, reflejando su diminuta figura, en el lago iluminado de luna.

¡Qué tristeza se apodera de mi alma en los días grises del otoño! No sé por qué. Pero pareciera que ella quisiera en esa estación, ser hermana del cielo gris y de las hojas secas; no hay nada en mí que pueda entristecerme; pero tal vez, al ver a los pájaros dormidos y a los árboles desnudos, mi alma sensible se contagia de ellos, y vuela como las hojas llevadas por el viento, hacia un laberinto de melancolía, del que no podrá salir hasta que lleguen otros días, en los cuales el cielo despeje las nubes y sí pueda ver su celeste color; esos días en que los pájaros despiertan alegres y una suave y tibia brisa, hace desprender una flor de nuestro jacarandá.

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